...por temor a perder el sabor dulce de tu
sexo.
No quiero despertar,
… a una realidad en la
que te tienes que marchar.
No quiero olvidar,
… el nombre que has inventado
para mí.
No quiero vivir.
Lleva siglos caminando sin rumbo fijo, soportando
sobre su espalda la culpa de todo aquello que nunca realizó.
Inmediatamente pedí que cerraran
la tapa del ataúd, ya que no quería que nadie más pudiera ver que el cadáver se
había movido. Mientras lo hacían, me puse a gritar de manera exagerada para
sofocar cualquier ruido que pudiera surgir del interior y supliqué que me
dejaran a solas para poder despedirme por última vez.
“Este se va a enterar de lo que vale un peine” o algo parecido fue
lo que iba farfullando el camarero, en un inglés americano, mientras salía de
detrás de la barra y se dirigía a la puerta del bar.